miércoles, 1 de marzo de 2017

¡Illa, que me voy pa' Sevilla!

Desde que vi un reportaje de esta ciudad hace un par de años, supe que algún día iría. El 2 de febrero, decidimos hacer una escapadita al sur de España, a la cuna del «arte andaluz».
El primer día, nada más llegar, vimos la catedral y su famoso campanario, la Giralda. No nos asombró que fuese declarada Patrimonio de la Humanidad, y es que por fuera es impresionante, y su interior te deja sin aliento. Hay tantos detalles, tantas cosas por ver…
Cuando terminamos la visita, fuimos a comer a un bar típico llamado «Los Pescaítos». Pedimos unos huevos a la flamenca que estaban de escándalo, una tapa de pescaíto frito y gazpacho. Por la tarde, decidimos pasear por el barrio de Santa Cruz y disfrutar de su decoración andaluza, de gran influencia árabe. Paseando entre casas blancas y color mostaza con unos patios llenos de vida, llegamos al Real Alcázar, de arquitectura islámica y mozárabe, todo desprendía magia.
El segundo día visitamos la Torre del Oro y disfrutamos del paisaje que ofrecía el río Guadalquivir. Entre el buen tiempo característico de esta ciudad incluso en invierno, su gente, el acento sevillano y las tapas, pasamos un día estupendo. Además, un guía nos iba explicando todo, lo que nos permitió sumergirnos más en el ambiente.
Por la noche, fuimos a un tablao flamenco, donde vimos a artistas de toda Andalucía. Solo diré que me enamoré.
El tercer y último día visitamos el barrio de Triana, cuna de cantaores, flamencas y toreros. Había escuchado mucho sobre su encanto y sin duda no me defraudó. Recorrimos el Paseo de la O, que se extiende por la ribera del río; visitamos Castillo de San Jorge y la Capillita del Carmen. Esa misma tarde tocaba despedirnos de esta maravillosa ciudad, aunque sabía que más que un adiós, era un hasta luego. Y es que Sevilla me había cautivado tanto que estaba segurísima de que volveríamos a vernos muy pronto.